Ramón López Rumayor: un madrileño discreto con un legado inmenso para las personas

En la historia de Madrid hay nombres que apenas ocupan unas líneas en los libros, pero que han dejado huellas profundas en la vida de miles de personas. Uno de esos nombres es el de Ramón López Rumayor (1880–1966), empresario, farmacéutico, humanista y filántropo que decidió convertir su trabajo y su patrimonio en oportunidades para las demás personas, especialmente para la infancia y para quienes, con los años, necesitan más apoyo y cuidados.

Nacido y fallecido en Madrid, fue el pequeño de seis hermanos en una familia dedicada al comercio. De su padre heredó no solo el negocio, sino una forma de entender el trabajo muy ligada al esfuerzo, la honestidad y el servicio a los demás. Tras estudiar el bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y licenciarse en Farmacia en la Universidad Central, amplió su formación con estudios de Derecho y se vinculó muy pronto a los círculos intelectuales de la época, como el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid.

Su vocación emprendedora se tradujo en proyectos muy diversos. Transformó el negocio familiar en la conocida “Casa Lombera”, especializada en muebles de estilo inglés, participó en la decoración de espacios culturales como el Teatro de la Comedia y promovió un laboratorio químico de análisis junto a figuras como José Giral y Obdulio Fernández. Más tarde dio un paso decisivo con la construcción del Hotel Bristol en la Gran Vía, un edificio moderno y emblemático que formó parte de la transformación urbana de Madrid.

Pero si algo distingue a Ramón López Rumayor no es solo su capacidad empresarial, sino la manera en que entendió la responsabilidad social. Como concejal del Ayuntamiento de Madrid a partir de 1930, orientó su trabajo a la educación, la infancia y la acción social. Formó parte de juntas municipales dedicadas a la primera enseñanza, la construcción de escuelas y la mejora de los servicios públicos. Su compromiso no fue retórico: donó terrenos, financió centros escolares y apoyó instituciones que trabajaban con niñas, niños, personas ciegas y personas en situación de vulnerabilidad.

El mejor ejemplo de esa visión es el antiguo Grupo Escolar “López Rumayor”, hoy CEIP Palacio Valdés, en el Paseo del Prado. Aportó fondos propios para levantar un colegio amplio, luminoso y digno, pensado para casi 900 niñas y niños, y se comprometió también a dotarlo de libros y recursos. Detrás de este gesto estaba una idea muy clara: la educación como motor de igualdad de oportunidades y de progreso colectivo.

La Guerra Civil marcó profundamente su vida. Su hotel fue incautado, tuvo que exiliarse y asumió responsabilidades en el ámbito educativo durante el conflicto. A su regreso, tras ser juzgado y sancionado, se retiró de la vida política y se concentró en gestionar su patrimonio.

Lo que pudo haber quedado en una historia personal de éxito económico se convirtió entonces en algo mucho más grande.

En su testamento, Ramón López Rumayor dejó escrito que su riqueza debía servir a quienes más lo necesitasen. Dispuso donaciones para la construcción de escuelas en Madrid y Guadarrama, legados a numerosas entidades sociales, sanitarias y educativas, pensiones para trabajadores y ayudas para las personas de su entorno cotidiano. Y, sobre todo, instituyó como heredera universal a la Fundación López Rumayor, con un encargo muy preciso: atender a las personas mayores de forma digna, integral y humana.

Hoy, varias décadas después, su nombre sigue siendo poco conocido para la ciudadanía madrileña, pero su impacto permanece vivo en cada persona mayor atendida, en cada profesional que cuida desde el respeto y en cada niña y niño que pasó por las aulas del colegio que ayudó a levantar. Recuperar su figura es un acto de justicia y de memoria: recordar que Madrid también se construyó gracias a personas como Ramón López Rumayor, que entendieron que el verdadero éxito está en compartir, cuidar y poner la vida de las personas en el centro.

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